LA LEY DEL ESPEJO, LA SOMBRA Y EL JUICIO

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Nuestra vida podría compararse con una obra de teatro: vamos viviendo determinadas escenas (situaciones) que van enriqueciendo nuestro papel (personalidad) para llegar a una conclusión (nuestro propósito de vida, aquello que hemos de aprender para que nuestra Alma evolucione). En esta gran obra hay diversos actores cuyos papeles se entrelazan con los nuestros y nos sirven como mensajeros de grandes lecciones.

Lo más interesante de estos actores (que suelen ser personas importantes en nuestra vida pero que también pueden aparecer en un momento muy concreto y luego no volver jamás) es que son nuestros espejos.

 

¿A qué nos referimos cuando hablamos de “espejos”, y por tanto de la Ley del Espejo? Pues a que a lo largo de tu vida vas a encontrarte con personas que tendrán actitudes que detestas y otras a las que admirarás profundamente por sus cualidades… y en ambos casos eres tú quien, en tu camino hacia el autoconocimiento, las has atraído… para que te hagan aprender algo de ti mism@. Si algún aspecto o actitud de alguna persona nos incomoda muchísimo es porque lo tenemos en nuestro interior, y ese reflejo que estamos viendo nos lo recuerda. Si algún aspecto o actitud de alguna persona nos encanta, toca nuestra fibra sensible, es porque lo reconocemos como una maravilla que poseemos en nuestro fuero interno y de nuevo ese reflejo está pugnando por salir a la superficie.

 

Por tanto, cada vez que la actitud o rasgo de personalidad de alguien te saque absolutamente de quicio, reflexiona sobre qué aspecto de tu interior está viéndose reflejado en esa situación concreta. Y cada vez que quedes obnubilad@ ante la capacidad o virtud de alguien en algún campo concreto, sopesa la posibilidad de que tú también puedas lograr destacar en él, ya que esa admiración proviene de un reconocimiento íntimo de esa cualidad en tu propia persona.

Saber esto nos ayudará mucho para dejar de “matar al mensajero”: en vez de odiar o despreciar a alguien por un defecto flagrante, debemos verlo como la persona que nos ha dado el mensaje de que tenemos que mejorar en ese aspecto. Y en vez de poder llegar a albergar envidia insana hacia alguien cuyas capacidades desearíamos tener, hemos de verlo como la inspiración que nos permite darnos cuenta de hasta dónde somos capaces de llegar en nuestro camino vital.

Hay un concepto muy ligado a esta Ley del Espejo: la Sombra. Cada vez que comprendemos que lo que nos está molestando de otra persona es un reflejo de algo que habita en nuestro interior, conocemos un poco más esa parte oculta de nuestro Ser: la Sombra.

A lo largo de nuestra vida hemos ido integrando mandatos y creencias que nos han “ayudado” a encajar en la sociedad. Frases como “los hombres no lloran”, “las señoritas no gritan ni dicen palabrotas” o “tienes que aguantar todo lo que te echen” nos han acompañado desde nuestra infancia, proponiéndonos un modelo de conducta que ha construido una máscara con la que tapamos nuestra verdadera personalidad para tratar de agradar a los demás.

La Sombra es esa parte de nuestra personalidad que hemos dejado relegada a un muy segundo plano, por temor a causar rechazo al no cumplir las expectativas familiares y sociales.

Distinguimos entre dos tipos de Sombra:

  • Sombra oscura: La que esconde sentimientos de tipo (ira, rabia,)
  • Sombra blanca: La que ha reprimido capacidades y cualidades de la persona (un don que se esconde por vergüenza o miedo a que no sea bien visto).

La Sombra, cuando aparece, no debe ser considerada como un acto de flaqueza, sino como una oportunidad para conocernos mejor y sacar a la luz todo aquello que por estar enterrado debajo de capas y capas de convenciones sociales no puede ser resuelto.

Entrelazado con la Ley del Espejo y la Sombra está un tercer concepto que a tod@s nos suena mucho: el Juicio.

Considerar que tenemos derecho a juzgar los actos de los demás nos convierte en títeres de nuestro Ego, ya que éste adora las máscaras que nos ocultan la verdad: que aquello que odiamos en los demás es un reflejo de lo que odiamos en nosotr@s mism@s. Ese juicio de valor que establecemos hacia otras personas no hace otra cosa que encadenarnos a actitudes y situaciones negativas que no lograremos superar hasta que no nos demos cuenta de que están integradas en nuestra personalidad.

Tampoco juzgarnos a nosotr@s mism@s sirve de nada, ya que el juicio es en sí mismo un acto de no-comprensión. No necesitamos juicios, sino una intención sincera de cambio que nos lleve poco a poco hacia nuestra verdadera esencia divina.

Tod@s estamos conectad@s de una manera u otra en este gran teatro que es la Vida, pero ha de ser un teatro abierto, sincero, honesto, en el que las máscaras caigan y quede a la vista lo que realmente somos: Amor.

 

 

 

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