Mecanismos de defensa desde el enfoque de Gestalt

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Se puede entender como mecanismos de defensa aquellos “amortiguadores” psicológicos que nosotros mismos hemos creado ante los diferentes problemas, sucesos y circunstancias más o menos negativas que nos ocurren cada día, de forma que nos afecten lo menos posible para sobrevivir en el mundo. Dependiendo del tipo de personalidad que poseemos estos amortiguadores pueden variar, pero a medida que nos protegemos y van pasando los años tendemos a generar capas de defensa que no nos permiten la propia “auto-sanación” de la mente, ya que sólo nos protegen del mundo externo.

Los mecanismos de defensa más comunes:

  • Introyección: Mediante la introyección incorporamos patrones, actitudes o modos de actuar de nuestros padres, cultura o medio. Nos “tragamos” estos patrones sin que haya conciencia ni asimilación. Es un proceso complejo, no una simple imitación. El proceso psicológico de asimilación es muy parecido al fisiológico. Así, por ejemplo, los conceptos, patrones de conducta, valores morales, éticos, estéticos, políticos, etc., proceden todos del mundo exterior, y los incorporamos a nuestra psique igual que incorporamos los alimentos a nuestro organismo. Los alimentos que masticamos y digerimos pasan a formar parte de nosotros mismos convirtiéndose en huesos, músculos y sangre. Los que tragamos y engullimos no porque queramos sino por obligación permanecen pesadamente dentro del estómago, provocándonos incomodidad, ganas de vomitar o de evacuarlos de nuestro cuerpo. Si reprimimos esas náuseas, logramos digerirlos dolorosamente y pueden llegar a intoxicarnos… Exactamente igual ocurre con los conceptos, ideas y valores que asimilamos de una manera forzada y negativa para nuestro equilibrio interno.
  • Proyección: La proyección es el mecanismo contrario a la introyección. Así como la introyección consiste en hacerse responsable de lo que ha hecho el ambiente, la proyección es la tendencia a hacer responsable al ambiente de lo que se originó en uno mismo. Se produce un distanciamiento de la persona respecto de las partes de sí misma donde se originan los impulsos que pretende negar, convirtiéndose en un objeto pasivo, víctima de los demás y de las circunstancias, en lugar de un participante activo de su propia existencia. El caso extremo de la proyección es la paranoia, en la que una personalidad altamente agresiva, que es incapaz de aceptar sus deseos y sentimientos, se defiende de la mejor manera que encuentra adjudicándolos a objetos o personas del ambiente. Su idea de ser perseguido es, de hecho, la confirmación de su deseo de perseguir a otros. Los celos y los prejuicios también constituyen mecanismos proyectivos.
  • La confluencia: Este mecanismo se articula cuando no hay límites entre la persona y su ambiente, como sucede con el niño recién nacido. La persona en la cual la confluencia es un estado patológico no nos puede decir qué es ella y qué son los demás. No hay límites, por lo que tampoco hay contacto ni retirada. En verdad, no puede contactar ni consigo mismo, no sabe qué le diferencia de los demás y ha perdido la capacidad de verse y percibir sus necesidades, incluso las biológicas. Se exige similitud y se niegan las diferencias y la tolerancia.
  • La retroflexión: Este mecanismo literalmente significa “volverse hacia uno mismo”. El retroflector se hace a sí mismo lo que le gustaría hacer a otros pero no se atreve. Deja de dirigir sus energías hacia fuera en un intento de intervenir y llevar a cabo cambios en el ambiente que satisfarían sus necesidades, reorientando su actividad hacia adentro y sustituyéndose a sí mismo por el ambiente. Con frecuencia llega a constituirse en el peor enemigo de sí mismo. El origen de la retroflexión se encuentra en los castigos infantiles. Cuando un niño trata de influir o actuar sobre su ambiente de un modo que no es aceptado, puede ser castigado física o psicológicamente y, como consecuencia, llega a bloquear la expresión de esa necesidad. El niño, si es tratado así varias veces, para no tener que sufrir nuevas penurias y frustraciones renuncia a la satisfacción de sus necesidades.

Repasemos: el introyector hace lo que los demás quieren que haga; el proyector hace a los demás lo que él acusa a los demás de hacerle a él; la persona que está en confluencia patológica con los demás no sabe quién le hace qué cosa a quién; el retroflector se hace a sí mismo lo que le gustaría hacer a los otros.

Estos cuatro mecanismos son útiles en determinados momentos de nuestro día a día, y constituyen neurosis únicamente cuando son inadecuados y crónicos. La introyección es buena cuando, por ejemplo, se trata de examinarse de una asignatura que ni nos gusta ni nos sirve, pero que tenemos que aprobar porque forma parte de nuestro plan de estudios. La proyección puede ser muy provechosa y creativa en situaciones en las que uno necesita planificar y anticipar. La confluencia es positiva cuando es necesaria para la cohesión de grupos y para aunar criterios. La retroflexión es buena cuando uno tiene impulsos asesinos hacia alguien o sentimientos excesivamente destructivos, que si se llevaran a la acción producirían efectos devastadores para el entorno y para la misma persona. Sin embargo, estos mecanismos utilizados indiscriminadamente son negativos, entre otras razones porque impiden que nos demos cuenta de nuestras necesidades, o que nos veamos a nosotros mismos en relación con el entorno en particular y con el mundo en general.

Posteriormente se han añadido otros tres mecanismos para explicar otras formas de funcionar neuróticas, más dos que provienen del psicoanálisis. Hablaré de ellos en el próximo artículo.

  • El Egotismo
  • La Deflexión
  • La Profexión
  • La Racionalización
  • La Negación

Eva Miralles

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